Conseguimos que las hortalizas tradicionales se fusionen de forma espléndida con la dulzura de la remolacha, creando una crema fina, sedosa y con un contraste de matices espectacular para el paladar. Lo elaboramos de manera sencillísima triturándolo todo en frío para obtener un plato de cuchara vistosísimo que entra por los ojos y apetece a cualquier hora.
Ingredientes:
- 400 gr de tomate maduros
- 200 gr de remolacha cocida
- 50 gr de pan del día anterior
- 1 pimiento verde
- ½ cebolla
- sal
- 1 dl de aceite de oliva
- medio dl de vinagre de jerez
- 100 gr de queso de burgos
- 4 ramitas de cebollino
Preparación
Comenzamos adecuando todos los vegetales y el pan para facilitar el triturado. Lavamos los tomates y los troceamos en dados medianos. Colocamos el pan en un recipiente plano y lo cubrimos con un poco de agua durante unos minutos para que se ablande bien sin llegar a deshacerse. Pelamos la cebolla y la picamos fina.
Escurrimos la remolacha cocida de su líquido de conservación y la cortamos en pedazos pequeños. Limpiamos el pimiento retirando el tallo, las semillas y las nervaduras blancas de su interior, lo lavamos bajo el grifo y lo picamos en trozos regulares para que se procese de manera uniforme.
A continuación, disponemos todas las verduras troceadas en el vaso de la batidora o robot de cocina. Incorporamos el aceite de oliva, el vinagre de jerez, una pizca de sal al gusto y el pan que habremos escurrido concienzudamente con las manos.
Trituramos el conjunto a máxima potencia durante unos minutos (haciéndolo en varias tandas si vuestro aparato no tiene suficiente capacidad) hasta obtener una crema completamente homogénea, lisa y con un tono rojizo intenso.
Si al finalizar observamos que la textura resulta excesivamente densa, vertemos un chorrito de agua bien fría y accionamos de nuevo la batidora hasta lograr la fluidez deseada.
Para conseguir una finura extrema, pasamos la crema obtenida a través de un colador chino o un tamiz fino, presionando con un cacillo para retirar cualquier resto de pieles o semillas que hayan podido quedar.
Vertemos el gazpacho limpio en un cuenco grande, lo tapamos herméticamente con papel film transparente y lo reservamos en la nevera durante un mínimo de 2 horas para que adquiera una temperatura muy fría y los sabores se asienten perfectamente.
Pasado el tiempo de reposo, sacamos el recipiente del refrigerador y removemos la crema con una cuchara de madera. Lavamos y secamos el cebollino fresco, picándolo de forma muy menuda con unas tijeras o un cuchillo afilado.
Servimos el gazpacho bien frío distribuyéndolo en cuencos o copas individuales y espolvoreamos el cebollino picadito por la superficie justo antes de llevar a la mesa para aportar un toque aromático delicioso.

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